lunes, 2 de marzo de 2009

Conte de l'incroyable amour


¡Madre mía! Han pasado ya catorce años de mi última colaboración en la radio. La semana pasada por fin se rompió mi silencio ante los micrófonos.

¿Cómo ha sucedido?

¿Qué pasó catorce años antes?

¿Por qué es una noticia que vuelva a un estudio radiofónico?

¿Qué es lo que tenía que decir en una emisora?

Voy a contestar a todas estas preguntas, que para eso me debo a mi público (un guiño cómplice para quien quiera cazarlo).

Una de las razones por las que escogí la carrera de Periodismo y desestimé matricularme en Biología, siguiendo mi temprana vocación por la naturaleza, fue la posibilidad de hacer radio. Es un medio en el que me siento cómodo ya que el sonido es el protagonista: bien sea a partir de la voz humana, los efectos de audio o, un O muy grande, la música.

Uno de mis amores es la música. No puedo pasar sin ella. Necesito una dosis diaria para acompañarme en soledad o para disfrutarla en compañía. No me importa el estilo. Según el momento escucho el último hit bailongo, una sinfonía clásica, una vibrante improvisación jazzística, el salvaje guitarrazo de los rockeros o la ancestral tradición de una cultura de cualquier rincón del mundo. La música es el lenguaje del alma. Y si una canción o una melodía me transmite algo que mi alma reconoce y degusta, me entrego a ella sin ningún tipo de prejuicio por su origen.

De este modo, he ido recopilando una extensa discografía ecléctica y en constante expansión desde los 16 años, cuando descubrí que había un universo inexplorado más allá de las propuestas de los 40 principales.

Dos programas de esa época marcaron a fuego mis tímpanos y me dieron pistas de las que he ido tirando en las dos décadas siguientes. El primero de ellos fue DIÁLOGOS 3, presentado por Ramón Trecet y consagrado a glosar las bondades de esa etiqueta-cajón-de-sastre que es la New Age. Enya, Nightnoise, Loreena McKennitt o Suzanne Cianni eran sus artistas habituales. Aunque también entré en contacto con gente excepcional y fuera de cualquier categoría como Dead Can Dance, Keith Jarrett o Anouar Brahem. De este último, un músico tunecino que toca el laúd árabe como un Paco de Lucía islámico, escuché en algún momento del año 92 un tema con una cadencia hipnótica que me subyugó al instante. No sabía cuál era el título, ni el disco donde aparecía. Pero el nombre de Anouar y esa melodía que despertaba en mí emociones místicas, mágicas y desconcertantemente familiares, me habían cautivado para siempre. Años más tarde logré comprarme el disco, con el mismo evocador título que ese tema que no lograba olvidar: “Conte de l’incroyable amour”, el cuento del amor increíble. Además, tuve la fortuna de verle en concierto poco después. Vivir en directo la interpretación de esa canción fue una experiencia deliciosa e inolvidable. Como colofón final, me quedé para felicitarle por su música y charlé un poco con él. Su dedicatoria en árabe en el libreto del cd es uno de esos tesoros sin precio que me conectan con una vivencia muy especial.



Pero os he anticipado que había un segundo programa en mi periodo de formación musical. Se trataba de “EL VIATGE A SAMARCANDA” que se emitía en Canal 9 Ràdio, la actual Ràdio 9. Por ser una emisora pública, dependiente de la Generalitat, el idioma utilizado era (y es) el valenciano. El conductor o “maquinista” de esta locomotora radiofónica era Carlos Luzuriaga, que contaba con la colaboración de un misterioso fogonero escondido bajo el apelativo Azymuth. La apuesta del programa era bastante más arriesgada, alternativa y anti-comercial que el espacio de Trecet. ¿Os dicen algo los nombres Tangerine Dream, Klaus Schulze o The Durutti Column? Seguramente, los que me conocen desde hace más tiempo han exhalado un suspiro y piensan: “Menuda lata nos has dado con ellos, chato”. Para los demás, basta deciros que se trata de tres de mis grupos favoritos. No son precisamente fáciles de escuchar, pero me transportan como nadie a un cosmos de referentes muy íntimos en los que me reconozco sin esfuerzo.

Quien no crea en que existe una especie de destino, que nos guía a través de la inmensa maraña de posibilidades que ofrece la vida, puede parecerle que lo que voy a contar ahora fue una simple coincidencia. Yo cultivo la creencia de que el universo conspira a mi alrededor para que se cumplan los designios de una fuerza superior que habita en todo y nos conecta con el todo. Algunos lo llaman Dios. Otros se refieren a la energía de la vida y de la naturaleza. Yo no sabría encerrar esta convicción mía en los siempre estrechos muros de una definición humana que no puede abarcar la verdad absoluta de la existencia, pues no estamos preparados para asimilarla. Pero día a día recibo pruebas que mantienen y refuerzan mi fe, sin una doctrina con la que comulgue.

Dejo la digresión metafísica para volver al más mundano territorio de los recuerdos. Ahí estaba yo, un chaval a punto de cumplir los diecisiete años, en el descanso entre dos clases de tercero de B.U.P. Mis compañeros fumadores corrían al pasillo a entregarse al insaciable placer de la nicotina. Salí silbando del aula una de las melodías emitidas en DIÁLOGOS 3 y que había conseguido grabar en un cassette. Se trataba de “Pithagoras Trousers” de la Penguin Café Orchestra, una simpática tonadilla que se hizo popular por abrir la emisión del concurso televisivo “JUEGO DE NIÑOS” (sí, el de los Gallifantes). Agustín, con el que no había tenido ninguna conversación hasta ese momento, se dirigió hacía mí.



- ¿Conoces de quién es ese tema?
- Claro. De la Penguin Café Orchestra. ¿Tú también los conoces?
- Por supuesto, y tengo discos suyos.
- ¿Ah, sí? ¿De dónde los has sacado? Eso no se encuentra por aquí.
- Los compré en Valencia. Te puedes venir conmigo un día, y te digo dónde. ¿Cómo es que tú los conoces si no tienes ningún disco suyo?- Es que escucho un par de programas con músicas diferentes: DIÁLOGOS 3 y EL VIATGE A SAMARCANDA. ¿También los conoces?
- Sí, claro.

Agustín no pudo evitar que surgiera una enigmática sonrisa.

Hasta que no acabaron las clases de esa mañana no pude seguir hablando con él sobre los discos que tenía y la gente que conocía. Me parecía simplemente maravilloso que no pusiera cara rara cuando le pregunté por Tangerine Dream y Klaus Schulze. Por fin alguien con quien poder compartir inquietudes musicales. Pero lo que me confesó justo antes de coger su autobús me dejó estupefacto.

- Te tengo que decir algo... No te he contado toda la verdad sobre cómo conozco EL VIATGE A SAMARCANDA.- ¿Qué quieres decir?
- Yo soy el fogonero del programa. Soy Azymuth.

Sólo se puede especular sobre lo que podría haber sucedido si yo no hubiera silbado esa canción en ese preciso momento. ¿Habría descubierto de alguna otra manera la relación de Agustín con el programa? ¿Habría conocido a Carlos, su presentador, por otra vía? ¿Qué me impulsó a silbar aquello? ¿Qué impulsó a Agustín a acercarse? No hay manera de saberlo. Pero sin ese instante de asombrosa coincidencia no podría hablar de mi historia de la radio.


(Continuará)

domingo, 1 de marzo de 2009

Descomposición del arco iris


Los colores recorrieron su garganta para depositarse en el cieno. La amplia circunferencia del suicidio no podía competir con el absurdo inicio del espasmo final. Georgina no merecía morir de esa manera. Aquel charco inmundo donde acabaron sus latidos reverberó entonces por la rabia de mis botas. Me parecía una obscenidad execrable condenar al arco iris a compartir la miseria impertérrita del barro; rodearlo de la misma mugre que es capaz de exorcizar con su sola presencia. Pero esta vez no fue suficiente. Su belleza estaba enferma. Se diría que era la hermosura en persona la que agonizaba con el frío cuerpo. Que vomitaba sus pútridos excesos en una marea aceitosa que conseguía el disparate de contaminar la pura porquería.

¿Qué esperanza podía albergar si en un día de lluvia el sol me acribillaba con semejante recuerdo?¿Qué infiernos debería visitar para desplazar la demencial paleta del primer puesto de mi escala del horror?¿Cuándo dejará el sueño de atormentarme con el fiel recorrido por todo el proceso que yo no quise evitar?

La almohada no ha olvidado ni una sola de las ocasiones en que mi estupidez bloqueó las posibilidades de trascender el mero testimonio. Se recrea en ellas lentamente para que deguste la amargura de cada uno de los detalles. Si no escojo el insomnio, Georgina me pide auxilio sin misericordia. Antes de entregarme a la resignación de asumir mi castigo perpetuo voy a intervenir en los hechos, aunque sólo sea en mi pesadilla. He de admitir que ni siquiera lo había intentado todavía. Tal es el grado de parálisis con el que actúo.


lunes, 23 de febrero de 2009

A freir espárragos


Mis caminatas matutinas me han aportado un nuevo y suculento aliciente: la caza de los espárragos silvestres. Bajo este agradable solete mediterráneo; con la primavera ganándole terreno a los rigores del invierno; tras unas jornadas de lluvia suave e insistente; la tierra nos brinda uno de sus productos más humildes y prolíficos. Y es que, ¿quién puede ignorar esa saeta verde que destaca sobre la maleza?¿Quién puede pasar de largo y no cortar el tallo con un leve golpe de muñeca que produce un irresistible crujido?
Cuando mi mano sujeta el primer espárrago ya sé que no habrá vuelta atrás. No puede ser que se quede solo. Hay que coger al menos la cantidad que permita una tortilla... Y ya me teneis rebuscando entre ramas llenas de pinchos, arañándome las manos; bajando por terraplenes para arrancar los ejemplares que me llaman; maldiciendo a todos los domingueros que se me adelantaron y robaron los más hermosos; perdiéndome entre los pinos para hallar rutas secretas jamás holladas por mis competidores; adoptando posturas en precario equilibrio entre las chumberas; extasiándome por recoger una docena en un rodal vírgen; y comprobando, con orgullo, que mis dedos ya casi no pueden abarcar el perímetro del manojo.
Mucho se habla de los que recogen moras u otros frutos silvestres; de los que salen a buscar caracoles tras una buena tormenta; de los que amaestran un cerdo para encontrar trufas; y los aficionados a las setas tienen incluso su propio programa de televisión en Catalunya. Pero yo quiero reivindicar la recolecta del espárrago como el más auténtico deporte de disfrute primaveral.





martes, 17 de febrero de 2009

Inmolado y seco


Andrés Greco no podía concebir Segovia sin Juliette. Su figura se había fosilizado en las piedras de la ciudad y en la mente de Andrés. Su recuerdo permanecía envasado, como un alimento liofilizado a la espera del agua que le devuelva la vida y su volumen anterior. Andrés sabía que el sabor ya no sería el mismo; habría perdido propiedades. Se sabía egoista por detenerse en Juliette aquélla; en Juliette entonces; en Juliette mojada en las mismas sábanas. Se sabía egoista por absorber cualquier posibilidad de Juliette después de Juliette, y del teléfono sonando en el estudio.

Raquel consideraba estúpida esa idea; el precipitado traslado a Sebastopol; la extraña decisión de Andrés, que le mantenía en paradero secreto. Aunque lo que más la incordiaba era la impotencia pintada en la cara de Juliette; el temblor de los labios; su semblante húmedo todavía por Andrés; su oído aún pegado al auricular. Raquel podía imaginar esos pitidos de indiferencia taladrando a Juliette; empujando a sus rodillas a doblarse sobre la moqueta de aquel sábado. Todavía Andrés, a pesar de todo; a pesar del sábado.

Para Andrés, Sebastopol era sólo un sinónimo de ninguna parte, que hacía más imperiosa la necesidad de regresar a Segovia. Pero Segovia sin Juliette no. Segovia la opulenta, el lluvioso nido de guitarras, ya no. Ahora delgaduchos flecos de imágenes trituradas por el sábado; caídas en la moqueta. Segovia con Juliette, la otra Juliette, no merecía la pena ser Segovia. Por eso Sebastopol; por eso ninguna parte; por eso Juliette ya no.

La tabla del desayuno descansaba sobre Andrés. Andrés sin descansar, sin desayunar y sin Juliette (si al menos Juliette), espiaba en picado todos los detalles, permanentes y efímeros, de su campo visual. No había nada en aquella gente, en aquella calle, en aquella ciudad, que fundiera mente y manos en un firme propósito de formas y colores. La inspiración que conseguía no era más que la escuálida sombra del pincel sobre el lienzo. De todos modos, forzaba a sus ojos a perseguir unos panes, refugiados en la abundancia sudorosa de esa señora, que corría tras el 22. Con sólo la luz de la luna, los obligaba a prenderse del escote de la Chupá, mientras descendía hacia la ventanilla del Audi. Las promesas de ese escote serían tan poco románticas como el nombre de la propietaria: Leofilio. Andrés había visto materializar sus promesas. Las había probado las veces suficientes para escuchar Leofilio; las veces suficientes para escuchar a Leofilio cantando las Grecas en la ducha; las veces suficientes para saber que su sueño era la Acrópolis, y su pesadilla los niños de Etiopía; pero no las necesarias para que ella supiera que los sueños y pesadillas de Andrés sólo admitían un nombre.

Como pintor de historias estaba acabado. En Segovia (la de Juliette) siempre tuvo la certeza de que, con la estilográfica o las teclas, podía dar forma a las fantasías más barrocas, a las realidades más certeras, a las abstracciones más insensatas... No existían barreras, ni temor a la sequía. Los temas podían ser finitos, pero las formas de abordarlos no. El voluntario exilio en Sebastopol había anulado la creatividad, le había llevado a la ventana; a la socorrida búsqueda del drama cotidiano. Antes una mirada era la música de una oda; una sonrisa la materia de una cuento; una palabra la trama de una novela; y una conversación sobre comida aeronáutica habría provocado una saga sin equivalente alguno. Ahora apoyaba sus codos en la cama de Leofilio la Chupá; y apoyaba sus excusas en conseguir confesiones ajenas, que esbozaran algo más que bocetos en las páginas que sólo había llenado con Juliette.

Andrés era incapaz de existir en Sebastopol. Acabaría siendo inAndrés; su propia negación. Tendría que hacerse a la idea de que disfrazar Segovia de Sebastopol no iba a servir de nada. Tendría que admitir sábado, Raquel, moqueta y Juliette. Tendría que contestar al teléfono. Tendría que hervir su silencio con las palabras quemantes de Juliette.

- Perdóname, pero también la quiero.

sábado, 14 de febrero de 2009

Regalo para enamorados


Mi amor es libre
Y te deja libre
Mi amor no ata
A ninguna jaula
Mi amor es limpio
Y no deja mancha
Mi amor es un refugio
Mi amor es una casa
Mi amor siempre es completo
Aunque lo noto creciendo
Mi amor palpita a cada paso
Y se mantiene ligero
Mi amor no tiene excusas
Ni tiene peros
Ni tiene aristas
Mi amor se renueva al alba
Y no muere nunca
Mi amor se agita
Mi amor se expresa
Mi amor adora el silencio
Y reverencia la palabra
Mi amor te ama
Mi amor te sueña
Mi amor te llama
Mi amor te inventa
Mi amor seguirá vivo
Más allá de esta existencia

¿Y tú
mi amor
cómo me amas?

lunes, 9 de febrero de 2009

La niña del roble


¿He visto a una niña en mi jardín o me lo he imaginado? Me ha parecido que se dirigía al viejo roble.

Pues sí, ahí la tengo arrodillada sobre el césped, frente a las raíces emergentes del árbol. Parece que hable con las setas que han crecido en la base. Estará jugando a los gnomos o a los pitufos.

¡Vaya! ¿Quién llama ahora?

- ¿Sí? ¡Ah, hola Ana!

- No, no me había enterado.

- No, Ceferino no se ha pasado por aquí. ¿Ha ocurrido algo malo?

- Espera, luego me lo cuentas que llaman a la puerta.

- Vaya. Hola Ceferino. ¿Vienes en misión oficial o a tomarte el café?

- ¡Gracias, Luisa! Un café nunca es incompatible con estar de servicio.

- Bueno. ¿Me vas a explicar qué es lo que ocurre?

- Claro Luisa. ¿Puedo coger una rosquilla? Ha densamparecido lo hijon do lo Gozalecuadro.

- ¿Cómo? Acaba de tragar, anda.

- Perdón. Decía que ha desaparecido la hija de los González Cuadras: Laura.

- ¿Los González Cuadras? ¿Son del pueblo?

- Bueno, Iñigo González es hijo de Lorenzín, el del molino. Se fue a la Argentina, allí se casó, tuvo una niña y ahora vive en Madrid. Es la primera vez que su mujer y su hija visitan el pueblo.

- ¡Ah! Así que eran ellos los forasteros que estaban con Lorenzín. ¿Y dices que la niña ha desaparecido?

- Hace tres días. Sus padres me han dejado esta foto. Llevaba un vestido azul clarito con pequeñas margaritas blancas.

¡Madre mía! Si es la niña de mi jardín.

- ¿Te suena su cara?

- Sígueme al jardín, Ceferino.

¿Cómo puede llevar tres días desaparecida, si estaba la mar de lozana y tranquila? Seguro que era ella. Jugaba como si nada junto al roble. Ahora no la veo. ¿Se habrá escondido?

- Luisa, ¿qué querías enseñarme?¿Tus rosas nuevas? Son magníficas, pero aún me quedan doce casas del concejo por visitar.

- ¡LAURA!¡LAURA! Sal, cariño. No vamos a hacerte daño.

- ¿Crees que puede estar aquí?

- ¡LAURA! Te juro que hace cinco minutos estaba ahí delante. Debe haberse asustado.

- ¿La has visto?¿Qué aspecto tenía?

- Llevaba el vestido que me has dicho, unas sandalias granates y una cinta a juego que le recogía el pelo en una cola de caballo. Estaba aquí agachada; entre las raíces. Jugaba tan tranquila.

- Todo lo que me cuentas coincide con la descripción que me han hecho sus padres. Pero me parece un poco raro que esté jugando tranquilamente en un jardín desconocido después de pasar tres días fuera. Tiene siete años. Es demasiado chica para escaparse de casa. Quizá se haya dado un golpe y no recuerda dónde tiene que ir.

- Puede. Pero debería sentir miedo si todo lo que la rodea le es extraño, ¿no crees? Debería tener hambre y frío por la noche. Ha pasado fuera dos noches, ¿no? Y la primera de ellas llovió. En algún sitio debe haber buscado refugio. Es posible que se cobijara de la tormenta en alguna casa y la retengan contra su voluntad.

- ¿Y qué hacía entonces en tu jardín?

- Se habrá escapado de sus raptores. ¡LAURA!

- Claro. Escapa y se pone a jugar en tu césped en vez de pedirte ayuda.

- Lo siento. Tú eres el policía y no te he dicho más que tonterías.

- Aún no sabemos qué ha pasado. No descartes ninguna tontería.

- Te juro que estaba jugando aquí mismo. ¿Me crees, verdad?

- Por supuesto, Luisa. Precisamente tú no bromearías con algo así.

- Su madre debe estar pasando un infierno. Espero que todo acabe bien.

- Si la has visto, la encontraremos. No puede estar muy lejos.

- La he visto. Te lo juro por mi hija Clara.

- ¿Todavía piensas que puede aparecer?

- Sólo espero que Laura no corra la misma suerte.

No. No puede suceder algo así otra vez. Es demasiado horrible.


sábado, 7 de febrero de 2009

Esperanza primaveral en Quartons


Hace ya algunos días que la primavera conspira suavemente para acabar con la fría tiranía del invierno. Las señales son variadas, y no tienen nada que ver con la publicidad de moda de los grandes almacenes. Me refiero a manifestaciones de la naturaleza mucho más sutiles;



como la proliferación de mariquitas en los campos;



las sombras menos negras y más marcadas;


los almendros floridos y las primeras amapolas;

la conciencia de que los días son perceptiblemente más largos;

el disfrute de unas cañas en una terraza de la playa;

la aparición de una abubilla en un recodo del camino;

y ese olor indefinible que asociamos a la promesa de renacimiento, regocijo, belleza, vitalidad, alegría y sana locura que es la primavera.


Es este un momento mágico, que todos los agricultores tienen muy en cuenta pues marca el inicio de la siembra. Todo lo que ha de crecer este año, empezará a hacerlo ahora.


Este sábado se ha celebrado el día del árbol. En todos aquellos sitios donde la nieve lo ha permitido, miles de voluntarios han escapado de sus rutinas urbanas para empuñar una azada y pintarse las uñas de tierra.


Aquí teníamos una cita en el ullal de Quartons con los amigos de la Colla Verda y la gente de Acció Ecologista Agró. Un ullal es un surtidor natural de agua, algo así como una fuente sin canalizar. Los socios de Agró decidieron comprar con simbólicas participaciones una pequeña parcela junto a las lagunas (estanys) de Almenara, aunque ya en el término municipal de La Llosa. Una excavadora fue sacando tierra y piedras hasta que dio con los puntos de infiltraciones hidráulicas. Y las heridas abiertas al suelo se fueron llenando de un agua clara y limpia.

El plan es crear una micro-reserva para anfibios en la que se pretende reintroducir al tòtil, o sapo partero, que llena las noches de verano con su evocador y bucólico croar. Y para que su nuevo hogar sea de su agrado primero hay que acondicionarlo.


Así que, allí nos hemos juntado unas cuarenta personas para plantar olmos junto a unos especialistas botánicos de l’Albufera, que han traído plantones de vegetación acuática característica de la zona: lirios, eneas...


La excelente organización y el emprendedor entusiasmo de los presentes, hizo que toda la operación culminara en apenas hora y media. ¡Y los árboles ya disponían de su sistema de riego por goteo!

La cervecita fue el digno broche a una jornada que anticipa la deseada primavera.
¡Brindo por ella!


viernes, 6 de febrero de 2009

Yedai


Yedai me mira pidiendo atención.
Es hora de acariciarle el lomo, hacer pinza en la base de la cola y de darle unas palmaditas en el muslamen.
Ella, satisfecha, responde graciosamente con un maullido revestido de ronroneo.
Si el teléfono suena e interrumpo mis cariños, se eleva una clara protesta. Incluso se apoya en mi muslo para que no pueda ignorarla.
Los mimos son sagrados.
No hay nadie más fiel para acompañarme todas esas horas que me siento ante la pantalla del portátil.
Le he preparado un rincón junto a la estufa. Está levemente elevado y tapizado por una toalla vieja de gimnasio.
Si entendeis mínimamente de gatos, sabreis que es poco menos que un paraíso invernal.
De vez en cuando tiene ganas de acción. Todo está previsto. Até un cordel al tirador del cajoncito que hay mi diestra.
Ella se planta a un lado, con sus ojazos bien abiertos, y espera.
Para mayor diversión, acabo de añadir algo irresistible: el ruidoso envoltorio de un caramelo.
Éxito total, la Susu (así la llamo cariñosamente) se levanta, apoyándose en sus cuartos traseros y golpea con su zarpa el juguete, que yo muevo y elevo, balanceo y hago girar.
De repente, consigue atrapar la extraña mariposa plástica y la muerde brevemente para hacerla sonar.
Y cuando se aburre, pues a su camita. Sólo la deja cuando me ve meterme bajo las sábanas. Ese es el mejor momento del día para ella, pues estoy a su misma altura. Tanto disfruta con las caricias, que busca con su cabeza mi mano si no la pongo sobre ella. Sólo tras unos minutos accede a enroscarse plácidamente entre mis piernas o en mi regazo. Y ahí se queda hasta que me levanto.
Cualquier día empezará a venir conmigo a caminar.
Cosas más raras se han visto.

martes, 3 de febrero de 2009

Geografía de la arena


La arena es la esencia del tiempo.
Es tiempo en estado sólido.



Cada grano representa
el desgaste de la roca
a manos de agua, sol y viento.


La danza de la marea
y la brisa sobre la orilla
escenifica
en cada embate
la lógica del caos
que creó el universo.


La luz otorga
a las partículas apropiadas
el destello efímero
y lejano
de las estrellas.


Las nubes de espuma
se arremolinan
en su lengua salada.


El mar agita su cabello
sobre la piel de la costa
y regala todo un catálogo
de accidentes geográficos
en miniatura.


Ríos
istmos
lagunas
islas
meandros
y un laberinto de canales
se conforman
y se deshacen
sin que ningún mapa
registre su contorno;
sin que nadie
les otorgue un nombre.


Las conchas de las almejas
son ahora el hogar
donde se entierran
sus congéneres.


Los paseantes ensimismados
trazan carreteras intermitentes
que serpentean solas
o intentan ser paralelas.


La huella del hombre
es aquí inofensiva
y gratamente perecedera.


Mi propia silueta
deposita su oscuridad
en la duna
y mi espíritu reposa
explorando la playa.

Si quereis ver la serie completa: http://picasaweb.google.es/angel.bereje/GEOGRAFADELAARENA


miércoles, 28 de enero de 2009

La ciencia del beso



El beso marca la frontera entre la seducción
y el goce físico con otra persona.

Es la llave de paso al territorio de misterios
anunciado con nuestros movimientos
palabras
y miradas.

El beso comienza con la idea del beso.

El deseo se abre paso en la mente y ésta manda órdenes precisas para prepararlo.

Los párpados se entrecierran
Las pupilas se dilatan
Y vemos al otro en una nebulosa brillante.

El calor se extiende desde el bajo vientre
y va escalando por la columna,
erizándonos el vello hasta la nuca.

Los labios reciben un extra de sangre
Se encienden
Se entreabren
Se frotan dulcemente para humedecerse.

La lengua saborea las esencias del momento
Se agita en su prisión
Empuja desde dentro para asomarse al exterior
Y la retenemos
turbados
mordiéndonos ligeramente el labio inferior.

Cerramos los ojos un instante
y sentimos el rítmico golpeteo del corazón
en lo más profundo de nuestras sienes.
Aun en medio del más ensodecedor caos,
este instante sagrado está presidido por el silencio.

Las respiraciones juegan ya a sincronizar el compás.

Las manos desbordan la distancia entre los cuerpos,
y capturan al contrario,
que opone una tenue resistencia.

Las pupilas buscan sus antagonistas
mientras un temblor exquisito
sacude nuestra anatomía.

Acercamos las mejillas
hasta que las comisuras
de la boca llegan a rozarse.

Olisqueamos el cuello con detenimiento.

Deslizamos los dedos entre el cabello opuesto.

Afianzamos la presa por la cabeza.

Calculamos la distancia midiéndola con la nariz.
Los dos apéndices describen
una mínima danza circular.

Ladeamos ligeramente el rostro
hasta que las bocas
se alinean satisfactoriamente.


El beso estalla en la promesa del beso.

Permitimos
al fin
que los labios ejecuten
su ruta de colisión.

Y entonces
Sí
dejamos que se cumpla el beso.

lunes, 26 de enero de 2009

Fin del año de la rata

Hace unos días os anticipé que dejaría el resumen del año pasado para más adelante. Ahora ha llegado el momento. Con la medianoche ha terminado el año de la rata, según la tradición china.

El año, que empezó el 7 de febrero con un prometedor eclipse de sol, me ha sacudido en todas las direcciones, me ha dado la vuelta como a un calcetín y me ha colocado en el principio de un nuevo tablero de juego para que me las componga solo. Mis decisiones han marcado el devenir de estos meses. Por vez primera, aunque muchas veces equivocado, desorientado y ansioso, me he atrevido a lanzarme a vivir sin lamentarme de nada. Y al asumir la vida, he tenido que enfrentarme con la muerte en varias de sus formas, puesto que ambas cosas son socios indisolubles. He dejado un trabajo que ya no me aportaba más que un sueldo mensual. He abandonado la que ha sido mi casa durante diez años porque ya no era mi hogar. He cortado el vínculo con varias personas queridas para poder llevar la relación a otra dimensión en la que desaparezca la dependencia de ambas partes. Y acabo de regresar del entierro de mi abuelo, que se ha ido con una dignidad envidiable.

Me he dejado embriagar por los cambios para que pueda entender qué es lo que no puedo cambiar y lo valore en su justa medida; y lo disfrute; y para que me entregue a la naturaleza de mi esencia sin pudor ni recelo.

He tropezado, he errado, he sido inconsciente, pero he dejado de ocultar mi inseguridad a los demás. He mostrado mi debilidad sin vergüenza y eso me ha hecho más fuerte cuando me he levantado.

He sentido el amor en sus múltiples facetas: la pasión exultante, el amor imperecedero y limpio, la complicidad insobornable de los amigos, la reconfortante cercanía y confianza de algunos recién conocidos, el refugio emocional de la familia, y el amor incondicional que tiene la vida por todas sus criaturas. Y quiero más. Quiero darme más.

Sólo puedo dar las gracias por todo lo que me ha pasado. Gracias por la oportunidad de aprender tantas cosas. Gracias por demostrarme que el universo cambia cuando le sonríes. Gracias por esta montaña rusa de emociones que ahora se prepara para un nuevo recorrido.

Hace algunos meses, cuando estaba sumido en la ansiedad por saber qué es lo que iba a hacer con mi vida, salí por la mañana para ir a trabajar. Caminando por la acera, observé que había un animal avanzando hacia mí unos metros más allá: era una rata enorme. Lejos de asustarme, seguí mi camino esperando que ella saliera corriendo a perderse debajo de un coche o por la esquina opuesta. El roedor me vio y se detuvo. No tardará en huir, pensé. Y seguí acercándome, pero no se movió. Para mi asombro, siguió en el mismo sitio cuando llegué a su altura. Entonces me detuve junto ella y, sonriendo, la saludé con respeto. Después, ambos seguimos nuestras respectivas rutas. Y entonces sí, me sentí rata por un momento.

Brindo por el año de la rata.

Amigos búfalos, ahora empieza vuestro año. Preparaos.

martes, 20 de enero de 2009

Dernier bisou à Pépé


La noticia de tu partida me llegó en el grito desolado de mi madre. Era un lamento sin palabras que contenía la identidad de su protagonista. No había duda de que la más triste de las canciones estaba dedicada a ti.

Entonces supe que ya era tarde. Ya no podrías contarme tu historia. Ya no podría escribirla y contarla al mundo.

Yo, que me divierto inventando biografías de personajes inexistentes con los retazos de otras vidas que deambulan por mi memoria. Yo, que no soy más que un aprendiz de narrador de historias. Yo, que fantaseaba con la idea de encerrarme contigo y con mémée durante unos meses, para dejar constancia de todo el saber que atesoras y que ahora te has llevado contigo. Yo, he llegado tarde.

Quizá la lección más importante que nos legas no sea todo el conocimiento sobre el trabajo en el campo, y todas esas anécdotas que han permanecido bien archivadas en tu memoria durante 85 años. No. Creo que lo más importante es el ejemplo de tu vida y tu muerte. El humilde sacrificio con el que entregaste tu salud a la tierra, y la ecuánime generosidad con la que repartiste amor a toda tu descendencia, no van a ser olvidados jamás por los que te han conocido y querido.

La vida te recompensó con el privilegio de una dulce partida en la casa en la que naciste y que jamás abandonaste. Y ya no lo harás. Tu cuerpo reposa ahora bajo la tierra, pero he podido sentir tu espíritu impregnando de paz, serenidad y “joie de vivre” cada rincón de tu hogar.

Bajo una preciosa noche estrellada fui a despedirme de ti, ante el camino que llevaba a tu amada viña. Y noté que seguías ahí, que estabas conmigo disfrutando de la belleza del cielo. Y di gracias a la vida por haberte conocido, aunque no te haya disfrutado tanto como quisiera; aunque haya llegado tarde para explicar quién has sido. Basta decir que mi corazón lo sabe.

Au revoir pépé.

Je t’aime pour toujours.

lunes, 19 de enero de 2009

Elías Broncelli


Mi nombre es Elías Broncelli. Me asomé al mundo el 14 de julio de 1945, un año después de la liberación del régimen de Mussolini. Nací en la mansión Broncelli, en Florencia, entre la colección de pinturas y esculturas de mis padres, Dante y Renata. Eran marchantes de arte. Se conocieron en una subasta de barroco italiano. Los dos pujaron por el mismo Tiziano. Afortunadamente, se enamoraron antes de arruinarse con la compra, y el cuadro pasó a ser la joya más valiosa de su colección privada. Se casaron en 1939. Mi abuelo, Salvatore Broncelli, tuvo que ejercer toda su influencia para que mi padre no fuera enviado al frente abisinio. Aunque fui a la escuela, mis padres no se conformaban con la educación que allí recibía. Hicieron todo lo posible por trasladarme su amor al arte y a la música. Mi madre tocaba el piano y mi padre cantaba. Se esforzaron mucho en explicarme la gran suerte que tenía de vivir así, cuando había tanta miseria en el país. Para ellos el arte hacía la vida más bella a los demás. Un artista tenía un deber casi sagrado de propagar su arte generosamente, sin escatimar su genio. Las obras han de manar como una fuente, me decían, no puedes embalsarlas. Tienes un don y has de ser consecuente con él. No lo escatimes a los demás. Ese don era la música.

No tuve hermanos. Una infección tras mi nacimiento fue la causa. Mi madre se sentía culpable por no poder ofrecerlos, pero mi padre siempre le espetaba que ya había parido una obra de arte y que era dichoso por poder verla crecer. Los adoraba. Eran mis verdaderos maestros y más tarde fueron mis mayores amigos. Recuerdo su inmensa felicidad al ofrecerles mi primera interpretación de violín. El instrumento había pertenecido al bisabuelo Taschi, el abuelo de mi madre, y ya no me despegué de él.

En la escuela nunca tuve problemas con las asignaturas, aunque sí alguno con los profesores. En concreto con el señor Finguione, de historia, con el que tuve varias discusiones acerca de hechos que mis padres me detallaban en su formación paralela. Algunos alumnos me tenían manía porque lo sabía todo, pero era más fuerte su admiración por alguien capaz de enfrentarse a Finguione. Además, en los recreos los distraía con juegos de manos, acertijos cómicos y mis imitaciones de todo el profesorado.

A los cinco años entré en el conservatorio. Cada domingo mis padres se sentaban en el salón del Tiziano para escuchar mis progresos. Siempre pedían bises de los conciertos de Vivaldi y Albinoni y yo les complacía. Hasta que, a los dieciséis años, Ángela Branduardi me abrió la puerta hacia otra dimensión. Ángela tenía dos años más que yo y estudiaba chelo. Era nuestro último año en el conservatorio, y los dos obtuvimos la mejor nota en el examen final. Como marcaba la tradición del centro, el ganador ofrecía un concierto en el teatro de la ciudad. En esa ocasión un dueto de violin y chelo de Brahms. Después de la representación me llevó a su casa para enseñarme algo. Sus padres estaban ocupados hasta tarde en una fiesta en honor al embajador estadounidense. En el tocadiscos de Ángela las voces de dos violines se enzarzaban en un juego desenfrenado de seducción mutua. Aquellos sonidos retorcidos, revoltosos y llenos de lujuria me hipnotizaron sin remedio. Mi erección fue fulminante y devastadora. Apuntaba directamente a Ángela, pero yo no sentí vergüenza y ella tampoco apartó la mirada. Esa noche descubrí a Béla Bartók.

Fue mi obsesión por Bela la que me condujo hacia Paloma. Cuando acabé las clases me sumergí de lleno en la música. Conseguí todas las partituras del maestro Bartók y me encerré con ellas para memorizarlas y ejecutarlas con la intención de profundizar en sus enmarañados secretos. Si el artista dejaba manar su genio como una fuente, este lo hacía como una atronadora catarata que embargaba mis sentidos. Dejé de lado el barroco que tanto apreciaban mis padres y me entregué a su repertorio. Ellos no me ocultaron su preocupación por mi obsesivo comportamiento, pero no se inmiscuyeron. Sabían que estaba buscando mi camino.

Tras ofrecer conciertos por todo el norte del país, conseguí un contrato como solista para la orquesta del Teatro de la Scala de Milán. Fue una gran oportunidad profesional, pero no me sentía completo con Verdi, Rossini, Mozart y Schubert. Me faltaba Béla. A él acudía cada noche en soledad, o ante mis admiradas conquistas. En mi mente iba naciendo la idea de montar mi propio cuarteto de cuerda. Para el chelo pensé inmediatamente en Ángela Branduardi, que se entusiasmó con mi proyecto. Ángela tenía entonces veintidós espléndidos años y un anillo de compromiso con su novio de toda la vida. No volvimos a engañar al pobre Piero, pero aquella noche de pasión con Béla nos otorgaba una mágica complicidad en el escenario. Para la viola y el segundo violín obtuvimos el concurso de otros dos músicos de la Scala: Margheritta y Roberto. En las temporadas de descanso de nuestra orquesta salíamos a ofrecer recitales por las salas de conciertos de Roma, Viena, Berlín, París y Lyon. En uno de estos viajes recalamos en Oviedo, en el teatro Campoamor. Béla me había llevado hasta Paloma.

Ya en el camerino, vino a verme con lágrimas en los ojos y sin acertar a pronunciar dos palabras seguidas. Qué inolvidable fue verla aparecer balbuceando con su cámara de fotos colgando del cuello: maestro, excusi, magnífico... Estaba tan cautivado que no pude reprimir invitarla al café del teatro. Y ella estaba tan nerviosa que respondió afirmando con la cabeza mientras apretaba el obturador. Paloma consiguió destrabar su lengua para describir lo que había sentido al escucharme. Esa charla en el café fue el momento más glorioso de mi vida. No captaba el significado de todos los adjetivos, porque mi castellano no iba más allá del buenos días-gracias-por favor-adiós, pero era tan hermosa que me hubiera quedado allí toda la vida imaginándome las palabras maravillosas que me dedicaba.

Mis padres se llevaron un disgusto cuando les anuncié mi intención de fijar mi residencia en España. Creían que iba a echar por la borda un brillante porvenir en la escena italiana, pero me vieron serio y decidido a labrarme un futuro junto a Paloma, y se resignaron con mi elección. El 19 de septiembre de 1972, un año después de conocernos, se ofició la misa por nuestra boda en la iglesia de Nuestra Señora del Naranco. Al conocer a Paloma, mis padres entendieron que no quisiera separarme de ella.

Los primeros años de matrimonio fueron hermosos pero difíciles. Paloma daba clases de música en un instituto de Oviedo y se entregaba a su pasión por los collages fotográficos. Yo acepté un puesto en la orquesta local. Al principio parecía que viviéramos una fantástica ensoñación en la que los dos nos alimentábamos de amor y música, pero yo estaba encerrando mi propio genio artístico entre las estrecheces de una orquestilla de provincias, y no lo pude contener cuando me ofrecieron formar parte de la Orquesta Ciutat de Barcelona. Dije que sí antes de consultarlo con Paloma, y no supe entender su enfado al comunicárselo. Le reproché el haber abandonado mi posición privilegiada en Italia y haberme alejado de mis padres. Aquello le dolió tanto que, sin dirigirme la palabra, se fue de casa con un sonoro portazo. Mientras la oía bajar las escaleras a toda prisa supe que me había pasado y que la podía perder. Salí a buscarla bajo la lluvia gritando su nombre. Ella no se detuvo. Temí que no me lo perdonara nunca. Conseguí alcanzarla y le aseguré que renunciaría a esa oferta, que sentía haberla herido, que no soportaba la idea de vivir sin ella. Paloma me miró, con las lágrimas fundiéndose con la lluvia, y me tapó la boca. No quería que dejara escapar esa oportunidad, ni quería dejarme, sólo que la abrazara de una vez. Así, empapados, decidimos trasladarnos a Barcelona.

Bela nació el 14 de agosto de 1975. Era una niña despierta y risueña que se puso a tararear antes de pronunciar ninguna palabra. Mi padre estaba encantado con ella. La enseñaba a cantar arias de Verdi con sólo dos años. Bela no podía ver muy a menudo a sus abuelos porque Paloma tenía pánico a los aviones. Teníamos que ir hasta Asturias en coche tres veces al año. En cambio, a Florencia sólo fuimos un par de veces. Era más fácil que nos visitaran mis padres. En Barcelona, mi reputación como solista me permitió volver a formar un cuarteto de cuerda con grandes músicos. Con ellos empecé a ensayar las obras que había compuesto en mis años en España. Paloma me anunció el día del estreno que Bela tendría un hermano. Estaba pletórico. Pero mi felicidad había tocado techo.

El 23 de abril de 1981 toda mi vida dio un vuelco. Volvíamos de Asturias, de pasar la Pascua con mis suegros. Estaba anocheciendo mientras atravesábamos los Monegros, un desierto entre Zaragoza y Huesca. Yo estaba impaciente por llegar a casa porque al día siguiente ofrecía un recital en el Liceu con mi cuarteto. Bela cantaba y se balanceaba en el asiento de atrás. Paloma seguía las melodías que proponía nuestra hija. No llevaba puesto el cinturón porque le apretaba demasiado su tripa de siete meses. ¿Por qué no la obligué a abrochárselo? Me distraje un segundo viéndolas cantar y cuando devolví mis ojos a la carretera, allí había una curva repentina a la derecha. Una mujer se quedó paralizada al borde del asfalto. En vez de tomar la curva, di un volantazo a la izquierda para no atropellar a la muchacha. ¿Por qué tuve que evitarla? El coche cruzó toda la calzada y se estrelló contra un árbol seco. Desperté en la ambulancia con el rostro de una jovencita surcado por regueros negros de rimel. Me dio las gracias por haber salvado su vida. Vestía demasiado ligera para la época. Una minifalda negra de un material plástico y brillante, con cortes en ambos lados para permitir una mejor visión de sus muslos, embutidos en unas medias rosas. Algún enfermero le había dejado su chaqueta para cubrir sus hombros y espalda, que se adivinaban desnudos. Más tarde supe que el nombre de aquella chica era Marina, aunque profesionalmente la conocían como Barbarella. Tenía entonces dieciocho años. Pero en ese momento yo estaba más interesado en saber sobre mi mujer y mi hija. Sólo me comunicaron que iban en otro vehículo.

Fue un golpe terrible asimilar la muerte de Béla y de la criatura que llevaba Paloma. Los médicos me anunciaron que mi mujer estaba viva, pero en coma a causa del traumatismo craneoencefálico. No sabían si saldría de ese estado, ni me dieron ninguna garantía de que si despertaba no sufriera daños irreversibles. Ahora sé que hubiera sido mejor que muriese también entonces. Cuánto sufrimiento nos habríamos ahorrado. La tragedia me había hecho olvidar que yo también estaba herido por el accidente; con una herida mortal para mi profesión: me había seccionado los ligamentos de tres dedos de la mano izquierda. No podría tocar el violín. No podría tocar a Béla. Estaba acabado como músico. ¿Qué sentido podía tener para mí la vida en aquel momento? Quise abandonar el mundo cortándome las muñecas, pero alguna enfermera debió encontrarme a tiempo.

No volví a intentar el suicidio porque la idea de que Paloma llegara a despertar, y yo no estuviera allí para verlo, me anclaba a su lado. En la negrura de todos estos años esa ha sido la esperanza que me ha mantenido en este mundo. Su rostro abriendo los ojos y sonriéndome ha sido la imagen más repetida en mis sueños. Con su cámara he ido retratándola una vez al mes, en cada visita, imaginándome siempre que el flash la haría parpadear. Es turbador contemplar el centenar de fotos que guardo de Paloma. Me hace pensar en un cadáver que envejece. Como si el proceso de degradación del cuerpo se hubiera ralentizado y me recordara mi propio declive. ¿Acaso no nacemos para morir? Vivir es una cuenta atrás con un único sentido: llegar al cero. Cada día me he sentido a sólo unas centésimas de la nada.

sábado, 17 de enero de 2009

Las palabras del hada


¡Hola, hada!

Hay una amiga que busca
palabras de consuelo
en un día gris.

¿Qué le digo?

Dile que las sombras también tienen su luz
y que en ellas las sonrisas refulgen
mejor que en ningún sitio.

Dile que el mar canta su nombre
y el de cada uno de nosotros
al oído de la orilla
por toda la eternidad.

Dile que los pájaros duermen
pero sus plumas siguen siendo
las más bellas.

Dile que los senderos se bifurcan siempre
y que hay tramos accidentados
pero ¡el paisaje es magnífico!

Dile que abra los brazos
y reciba el calor de tu cariño.

Dile que cante hasta la madrugada
y se olvide del lunes.

Dile que es una suerte
tenerla cerca.

¿Se lo dirás?

domingo, 11 de enero de 2009

Pilar Trueba Ejea (II)



En 1995 acabamos nuestra vida en Madrid, pero decidimos seguir juntos en Zaragoza. Nos presentamos a unas oposiciones para la Policía Nacional, pero sólo yo las pasé y él se metió a la Guardia Civil. Eso le frustró más de lo que se atrevió a expresar, aunque insistiera que estaba muy feliz por mí y se me declarara. Nos casamos el 26 de junio de 1996. La ceremonia tuvo dos ausencias notables: Vicente rehusó la invitación por el nacimiento de su segunda hija, y la tía Enriqueta no pudo aguantar viva para verme en el altar. Ahora pienso que aquella boda fue un nuevo error, demasiado precipitada, pero por otro lado siempre agradeceré a Pedro que me diera a Luis. Mi niño nació el 29 de agosto de 1998. Sin duda es lo mejor que me ha pasado en esta vida aunque la diabetes complicara su salud desde el primer día. Pasó un mes en la incubadora antes de que pudiera abrazarle.

Mientras estuve de baja por maternidad permanecí muy unida a Pedro. La enfermedad de nuestro hijo contribuyó a que pareciéramos una familia. Pero al volver al trabajo me alejé doblemente de él. Entregué mis energías en hacerme valer en la comisaría, y entregué mi cariño a Luis. Ahora entiendo que Pedro se sintiera desplazado y fuera a buscar protagonismo en otra relación, pero entonces no pude soportar que me traicionara. Lo que más me dolió no fue descubrir que había otra antes de que me lo dijera, sino que ese día apestara a vino barato. Eso me enfureció. Me mudé al instante con mi madre y le pedí el divorcio. Me decepcionó que no luchara por una segunda oportunidad. Sólo quería tener la certeza de que seguiría viendo a Luis. Mi única condición fue que no se acercara a él habiendo bebido. El divorcio se hizo efectivo en enero de este año, hace ocho meses.

En el Cuerpo comencé por cumplimentar denuncias y atestados, para luego realizar patrullas. Desde hace un año y medio soy la ayudante de Basilio Lorente, el inspector de homicidios de mi comisaría. Conseguí el puesto porque nadie más pasó las pruebas de acceso, y porque Juan envío, sin mi permiso, una carta de entusiasta recomendación al comisario jefe Conrado Villuercas. No sé si el gesto de Juan era un agradecimiento por los viejos tiempos o si de verdad cree en mi valía para un puesto tan complicado. Según él, soy ideal como futura inspectora porque me enfrento a las dificultades con serenidad y sangre fría. De hecho, las dificultades me estimulan, me hacen sentirme viva porque las asumo como un desafío, un reto que debo superar. Como el rechazo de mis compañeros. En la comisaría casi todos son varones y ven en mí a una advenediza indigna de compartir sus conversaciones sobre cilindradas, quinielas y conquistas. Me ponen negra cuando aparezco y preguntan mi opinión sobre el arbitraje del Levante-Osasuna, para reírse inmediatamente sin esperar respuesta alguna. No soporto su condescendencia. No me creen con agallas para enfrentarme a un cadáver. ¿Cuántos de ellos habrán presenciado una autopsia? Un día de estos les voy a contestar alguna barbaridad. De momento me callo para tener la fiesta en paz. El que lo paga es Roberto Cerezo, el agente que me acompaña ahora que Basilio se ha ido de vacaciones. Desde que entró en la comisaría hace dos años no ha hecho más que pavonear sus musculitos de gimnasio con la peregrina idea de impresionarme. A estas alturas piensa que soy lesbiana porque no sucumbo a sus encantos y yo nunca se lo he desmentido, incluso le sigo sus patéticos sarcasmos destinados a herirme y se los devuelvo corregidos y aumentados.

Me preocupa más lo que piense de mí el inspector, Basilio. No le queda mucho para jubilarse y no le hace ninguna gracia que vaya a ser yo la que herede su puesto. Le intimida mi determinación. No sabe asociarla con una mujer. Cree que es un capricho romántico lo que me ha traído a esta profesión. Le cuesta enseñarme lo que sabe. Lo hace a regañadientes y se ciñe siempre a los procesos estipulados por el Cuerpo. Parece más un burócrata cumplimentando formularios que un investigador atento a cualquier posible evidencia. Cada vez que intento sugerir otra explicación plausible la sepulta bajo un exabrupto que remarca mi inexperiencia, y censura mi opinión por fantasiosa, e incoherente con la seriedad que presume el cargo. Desea que me equivoque para saltarme encima, pero ya he aprendido a dejar que dé su parecer antes de posicionarme.

Me molesta que la gente juzgue por las apariencias sin detenerse a cavilar más allá de sus prejuicios. Mi uniforme despierta adhesiones y rechazos que no controlo y que detesto por igual. Algunos me acusan de representar al aparato represor del sistema, y otros me ensalzan por librar a España de la chusma criminal. A pesar de todo esto me encanta mi trabajo y me siento bien con el uniforme. Me relajaría más saber que mis compañeros me respetan y me apoyan, y espero conseguirlo algún día. Sería también menos frustrante que mi sueldo no disminuyera por mi sexo, ya que en los impuestos me deducen el mismo porcentaje sin atender a ello.

Cuando no llevo el uniforme mi tiempo es para Luis. Mi madre me anima para dejarlo más con ella y que yo salga más, que conozca algún hombre o que haga amigos. Me ve muy sola, pero yo no necesito a nadie más. No me gustan nada las discotecas, ni las multitudes, ni que me toque un extraño, ni el ruido. Y no bebo, ni soporto estar con gente que bebe. No tengo sitio en la ajetreada vida social. Prefiero alquilarme películas de Woody Allen, cuidar mis plantas mientras escucho música clásica, o leer El País empezando por la última página. Cuando necesito un amigo siempre acudo a Juan. Solemos comer juntos una vez al mes. Hablamos sobre Amnistía Internacional y su lucha por los derechos humanos que los dos apoyamos como colaboradores. Conoce mis manías y sabe que no tolero la mentira y la injusticia. Aunque él tampoco sabe que mi miedo a ser vulnerable está relacionado con mi padre. Ojalá alguien se atreviese a ver más allá de esta coraza que me he fabricado y descubriese la pasión que oculto por la vida y por la gente. Tiemblo imaginándome herida y sin defensa. ¿Por qué no desaparece el sufrimiento de la condición humana? ¿Por qué no seguimos el ejemplo de paz y tolerancia de Gandhi y Luther King? ¿Por qué mi hijo debe inyectarse insulina para seguir vivo? A veces sueño que ya no dependemos de las jeringuillas y podemos viajar los dos y ver el mundo.

No soy tan cariñosa con Luis como podría serlo. Pero yo lo quiero de verdad y no quiero a un niño blandengue y consentido que consigue todo llorando y que cuando crece solo recibe palos de la vida, que no atiende a sus llantos. Luis me tiene desconcertada, supongo que la diabetes lo ha hecho maduro para su edad, pero en su mirada hay un poso de melancolía que no es propio de un mocoso. ¿Y si soy demasiado dura? Mi madre me lo reprocha continuamente. No me resulta fácil dar ni recibir cariño, ni dar ni recibir confianza. El lastre que me supone el recuerdo de mi padre me puede acabar por hundir. Necesito desprenderme de él y desahogarme. Me miro al espejo y me veo menuda, de constitución fina. Con el pelo corto y castaño, los ojos verde oliva y esa mirada fría e imperturbable. Tan aseada y pulcra como siempre. Con mis pantalones y mi ropa de colores discretos para no llamar la atención. Me miro y no consigo llorar.

Después de ocho meses ayudando a Basilio e intentando que me considere su aprendiz, me ha llegado la hora de demostrar lo que valgo. Basilio se ha ido de vacaciones todo el mes de agosto, y yo las cogeré en septiembre. Durante cuatro semanas seré yo la responsable del departamento de homicidios. Conrado no cree que haya grandes problemas porque en agosto la ciudad se vacía y no pasa gran cosa. De cualquier modo, el caso Gilera lo llevo yo ahora. Ernesto Gilera, un conductor de autobús de cincuenta y tres años, mató a su mujer con el cuchillo del jamón y luego llamó a la policía para entregarse. Basilio me traspasó el sumario ayer. Tengo las declaraciones de sus tres hijos y cinco vecinos del inmueble. Según la confesión del propio Ernesto: no sabe cómo pudo hacer aquello. Dice que acabó su turno a las diez de la noche y luego se fue con sus compañeros a varios bares. A las doce y media se registró su llamada a comisaría. Según sus hijos Ernesto llegaba a casa borracho con frecuencia y en ese estado era violento con su madre y con ellos. Ya habían denunciado palizas en tres ocasiones y lamentan que no hayan servido para evitar esta muerte. Lo terrible de este asunto es que, a pesar de las evidencias, este individuo verá rebajada su condena por estar bajo los efectos del alcohol. Suerte que la bebida acabó con mi padre antes.

Mañana a las cinco tengo que llevar a Luis al hospital a hacerse unas pruebas. El doctor Castillo es un gran endocrino y un experto en diabetes. Lleva el historial de mi hijo desde que nació. Espero que todo esté en sus niveles normales. Luis empezará la escuela dentro de un mes y no quiero que una complicación lo retrase. En septiembre, como tengo vacaciones, podré seguir de cerca su integración como alumno. No creo que me monte ningún escándalo cuando lo deje en la puerta. Está preparado para eso porque no me ve demasiado. Me preocupa más como se tomarán sus compañeros lo de pincharse. Ya veremos. Pedro ha quedado en recoger a Luis y pasar por la comisaría a las cuatro. Mañana me espera un día complicado.


sábado, 10 de enero de 2009

Pilar Trueba Ejea (I)


Mi nombre es Pilar Trueba. Soy hija de Pilar Ejea y Ramón Trueba. Mis padres se conocieron y casaron en el Puerto de Sagunto; una ciudad con un gran auge industrial gracias a la siderurgia. De hecho, mis abuelos vinieron con mi madre desde Daroca, en Zaragoza, por la prosperidad de la zona. El abuelo Ejea, Hilario, era ferroviario. Conducía los convoyes cargados de mineral que venían de la sierra de Albarracín. Mi abuela, Josefa, se entretenía cosiendo, y mi madre se puso a trabajar antes de sacarse el graduado escolar, cosa que le pesó muchos años después. Mi madre limpiaba las oficinas de los Altos Hornos del Mediterráneo gracias a la amistad de su padre con uno de los ingenieros. Fue allí donde conoció a mi padre, aunque no fuera allí donde conversaron por primera vez.

Mi padre nació en Reinosa, en Cantabria, durante la Guerra Civil. Nunca llegó a conocer a su padre, Vicente Trueba, porque murió en el conflicto luchando por los nacionales. Tampoco llegó a tener hermanos, aunque sí hermanastros; pero a éstos no los quiso conocer. Su madre se volvió a casar cuando él tenía catorce años. Nunca se lo perdonó. Abandonó Reinosa para no volver. Se fue a Bilbao, donde no tardó en encontrar trabajó en los Altos Hornos de Vizcaya. Cinco años después ya era encargado. Le propusieron ir a Valencia para hacerse cargo de la maquinaria nueva que iban a instalar allí y que conocía muy bien. No le costó aceptar.

Fue un baile en el casino de la cooperativa el que propició que mis padres pasaran del simple saludo en los pasillos de las oficinas. Después hubo muchos otros bailes y muchas películas de romanos y de John Wayne. La boda no se pudo hacer en Daroca, pero mi madre consiguió que se celebrara el día de nuestro santo, el doce de octubre de 1959. Al año siguiente nació Vicente, bautizado así en memoria del abuelo Trueba. En 1962 llegó Arturo. Yo asomé la cabeza el tres de enero de 1969. Mi primer recuerdo corresponde a la playa de El Puerto. Mis padres me dejaron avanzar con pasos tambaleantes por la arena, hasta que llegué a la orilla del mar. Cuando veo las fotos de ese día, me transporto a esa primera impresión de una inmensidad turquesa lamiéndome los pies. En mis momentos de crisis suelo soñar con ese momento de contacto con lo inabarcable.

El primer gran acontecimiento de mi vida fue el nacimiento de mi hermano Jaime en 1972. Dejaba de ser la hermanita pequeña a la que mis hermanos controlaban y pasaba a tener la responsabilidad de cuidar de otra persona. Cierto que esa responsabilidad me la puse yo solita, porque me gustaba imaginarme como una persona mayor a la que se debía respetar, y Jaime me siguió siempre incondicionalmente. Pasé más tiempo con él que con las niñas de mi edad. De hecho prefería jugar con los niños a las canicas y al fútbol, que andar saltando a la comba. Pasaba mucho tiempo en casa con mi hermanito, y aprendiendo las labores que mi madre realizaba. Vivíamos en un barrio obrero con todas las casas adosadas. Eran blancas, de dos plantas, y con un pequeño jardín en la trasera, adyacente a los de las otras casas. En verano todos los niños del barrio jugábamos en la calle, y nuestras madres nos llamaban a la hora de comer y cenar.

Todos los hermanos fuimos a un colegio público. Tampoco había otra opción. En cuanto acabó la E.G.B. Vicente se fue como aprendiz con mi padre y luego le siguió Arturo, aunque ambos tomaron caminos divergentes. Vicente era una fotocopia de mi padre en todo. Pero Arturo tenía sus propias ideas, que solían chocar con las de ellos. Acabó sindicándose en Comisiones Obreras. Mi padre no lo toleró. Prácticamente lo echó de casa. Años después supe que se fue a Barcelona y militó en el Partido Comunista. Yo no entendía muy bien quiénes eran esos Franco y Carrillo que tanto salían en sus discusiones mientras yo intentaba concentrarme en los deberes de matemáticas. Se me daba mejor la lengua y las ciencias sociales, pero nunca suspendí un examen. Bueno, excepto el de flauta. Adoraba la música, pero no entendía por qué el aprobado dependía de mi interpretación de la melodía “Amigo Félix” de Enrique y Ana. Todas esas horas llenando de babas un tubo de plástico frustraron cualquier deseo de acercarme a otro instrumento. Por suerte, tuve una afición que me llevó a mi actual profesión: la lectura. El día en que Javier me pasó el primer libro de la serie Los Cinco, de Enid Blyton, comprendí que yo quería ser una investigadora. Me junté con Javier y con otros chavales del colegio para formar nuestro propio Club de Los Cinco. Incluso obligábamos a venir con nosotros a Mazinger, el pastor alemán de Rafa. Nuestras aventuras no solían durar mucho, porque Mazinger siempre salía detrás de algún congénere. Más tarde descubrí a Agatha Christie y al gran Hercules Poirot, y dediqué muchas horas a estudiar todo lo que me rodeaba con una gran lupa.

Mi madre siempre estuvo encantada conmigo. Me bautizó siguiendo la tradición familiar, e intentó inculcarme su devoción a la patrona de Aragón. Yo le seguí el juego mientras fui pequeña, pero después de tomar la primera comunión me alejé para siempre de la doctrina católica. Sólo volvería a pisar iglesias en dos funerales, mi boda y el bautizo de Luis. Además, ¿por qué tenía que creer en alguien que no daba ninguna prueba de existir?, ¿por qué permitía tantos desmanes en su nombre? Mi madre sólo sabía encogerse de brazos y decirme que tendría sus razones.

Mi padre no me prodigó demasiados cariños. La mayor parte de su afecto se lo llevó Vicente, que estaba predestinado a trabajar con él. En mi veía poco más que una ayuda para su mujer y una futura preocupación para encontrarme marido. Yo le replicaba indignada, pero mi madre me daba puntapiés por debajo de la mesa y me instaba a no llevarle la contraria. Por desgracia, su relación conmigo sólo empeoró. El principal culpable fue el alcohol. Papá comenzó a llegar bebido los viernes. Al acabar la semana, se juntaba con sus compañeros e iban recorriendo todos los bares de una ruta prefijada. Entraba en casa cantando y riendo. Un día mi madre le riñó por orinar en un armario. Con el tiempo se acabaron las risas y empezaron los gritos. Se hicieron frecuentes las broncas a mi madre y a nosotros, los portazos, las bofetadas y las noches abrazada a Jaime. La peor parte llegó con el cierre de los altos hornos en 1984. Mi padre se hundió al verse en la calle con cuarenta y ocho años y cuatro hijos. Para mí murió entonces. Lo que hizo después de eso ya no se lo atribuyo a él, sino a la bebida. Sólo así puedo entender esa violencia en alguien a quien quería pese a su desprecio. Sólo así pude digerir algo que no sabe ni mi madre. Una noche, me sacó de la cama y me dijo que me iba a hacer un favor, que me iba a mostrar lo que los hombres querrían de mí. Todo su cuerpo apestaba a cerveza y su aliento a ginebra. Acababa de llover. Él me llevó al jardín. Yo estaba descalza y sentía la tierra húmeda. Por todas partes había lombrices arrastrándose; liberadas por el agua. Allí me quitó el pijama y me tocó los pechos de dieciséis años. Estaba temblando de frío y terror. Podía sentir el roce viscoso de las lombrices en mis pies. Me causaron mayor repugnancia que las beodas caricias de mi padre. Quería gritar, pero de mí sólo salieron lágrimas. Cuando me estaba bajando las bragas se paró repentinamente y se encorvó para vomitar. Yo recobré el control sobre mi cuerpo y salí corriendo a la cama de Jaime. No pegué ojo pensando que mi padre vendría a por mí. Todavía tengo pesadillas con eso. Pero él no se movió en toda la noche. Se quedó tendido sobre su bilis alcohólica. Dos años después murió de cirrosis.

No sabría decir si odio más la bebida por matar a mi padre o por lo que le hizo a Jaime. Tenía catorce años. Un conductor borracho lo atropelló cuando salió a correr con la bici. Adoraba el ciclismo. Quería ser como Perico Delgado. Desde entonces no puedo ver el alcohol, ni puedo tolerar a una persona bebida. Es superior a mis fuerzas. No lo pruebo ni para brindar en una boda y me da igual si les parezco asocial por eso.

Al entierro de mi padre acudió toda la familia Ejea, incluidos los abuelos que se habían vuelto a Daroca a pasar el retiro. De la familia Trueba no recibimos ninguna noticia. Fue la última ocasión en que vi juntos a mis hermanos. Estaban realmente afectados. Yo me sentí culpable por haber deseado su muerte tantas veces después de aquella noche. Se había ido sin poder hacer las paces y no supe intuir entonces el daño que me iba a provocar a la larga. Mi madre fue la más serena. Nadie más que ella había sufrido tanto con la enfermedad de su marido. Su muerte la recibió como un regalo; el fin de la angustia. Aprovechó la ocasión para hablar con los parientes de Zaragoza. Mi tía Enriqueta, viuda y sola, nos propuso trasladarnos a su casa para cambiar de aires. Como Vicente ya hacía su vida en el Puerto, y Arturo se volvía a Barcelona, no lo tuvimos que pensar demasiado.

En Zaragoza estudié Psicología, pero para hacer Criminología tuve que irme a Madrid. Estaba decidida a ser investigadora y nadie me desvió de ese propósito. En la facultad de Psicología tuve varios pretendientes, pero los rechacé sistemáticamente. Todavía me sentía sucia y avergonzada por el abuso de mi padre. Es curioso que finalmente fuera una persona mucho mayor que yo la que se llevara mi virginidad. Cualquier psicoanalista me saldría con lo del complejo edípico sublimado al acostarme con mi mentor. Juan Escudero fue mi profesor de Psicología Criminal en Madrid. Sus clases me fascinaban. Tenía la impresión que mi adorado Poirot se paseaba por el aula para compartir con sus alumnos los entresijos de la mente del asesino. Juan lo tuvo fácil conmigo, ya estaba enamorada de lo que el representaba antes de conocerlo. Yo tenía veintidós años y él cuarenta y siete. La primera vez que nos acostamos fue en el hotel Ritz. Juan me invitó a una cena repleta de ingredientes afrodisíacos: ostras, fresas, canela y champagne que, por supuesto, no tomé para sorpresa de Juan. Lo cierto es que no necesitaba nada de aquello para ponerme a tono. Me sentí intensamente erotizada desde su primera clase, pero le dejé jugar a conquistarme y que me hablara de los más famosos psicópatas de la historia del crimen. Ya en la habitación, le pedí que no me tocara, que necesitaba quitarme la ropa para él antes de entregarme. Estuvimos liados un par de años, y lo dejamos porque la relación no iba a ningún sitio. Él estaba casado y tenía dos hijos, y no los iba a dejar por mí. Yo tampoco estaba dispuesta a seguir escondiéndome. Además, tenía a Pedro.

Pedro Arganda compartía varias cosas conmigo: venía de Zaragoza, estudiaba Criminología, y vivíamos en el mismo piso junto a un andaluz y un burgalés. No me importaba ser la única mujer de la casa porque me recordaba a la vida con mis hermanos. Nunca me reí tanto como en aquella época. Hugo, el de Córdoba, hacía arte dramático y nos ofrecía monólogos surrealistas que se inspiraban en los hermanos Marx, los Monty Python y Woody Allen. Pedro le seguía el juego añadiéndose como personaje y disfrazándose de cualquier cosa. Ese buen ambiente me ayudó a superar el bajón de haber dejado a Juan. Pedro me acompañaba al cine y siempre alquilábamos películas de juicios y de psicópatas. Entonces bromeábamos sobre enfrentarnos a una mente retorcida y oscura como Jack el Destripador. Estaba tan a gusto con él que no me sorprendió encontrarme desnuda en su cama.